• Orlando Salgado

La escuela de ayer y de hoy



Antaño los roles en el hogar se encontraban bien estructurados. El padre se dedicaba a la economía, y la madre, a los oficios domésticos y a la educación de los hijos. La escuela abrigaba a los niños en una auténtica jornada única con un receso de dos horas al mediodía para compartir el almuerzo en familia. La dupla madre-maestro hacía seguimiento permanente al infante, y esto ayudaba a aprobar los cursos, mientras que la deserción prácticamente no existía.


A partir de la segunda mitad del siglo pasado, tres hechos trascendentales debilitaron los cimientos de la escuela y la situaron en un punto de no retorno en la década de los noventa. Veamos.


En 1955, el economista Víctor Lebow —pionero del modelo consumista— propuso una economía capitalista de mercado: “(…) hagamos del consumo nuestro estilo de vida, convirtamos las compras en verdaderos rituales (…) necesitamos que las cosas se compren, se quemen, se rompan, se desechen y se reemplacen a un ritmo cada vez mayor”. Sus ideas hicieron eco en los países devastados por los estragos económicos que dejó la segunda guerra mundial. Los centros comerciales aparecieron al instante en las ciudades capitales, y las vitrinas repletas de artículos despertaron el apetito consumista de las personas. El saldo del hogar quedó en rojo, la madre se tuvo que sumar al mercado laboral, y el niño quedó solo y a la deriva justo cuando las drogas y el narcotráfico llegaron pisando fuerte y debilitando la estructura del tejido social.

En 1969, gracias al descubrimiento de las propiedades semiconductoras del silicio, se ensambló el primer chip y con él despegó la era incontrolada de la electrónica que convierte a Silicon Valley en la cuna del desarrollo tecnológico y científico. Allí tienen asiento grandes cerebros visionarios que permanentemente crean poderosas empresas alimentadas por la internet, la inteligencia artificial, los macrodatos y la biotecnología, y esto inicia la carrera hacia la robotización. Todo este fenómeno dio vida a los modelos pedagógicos euroasiáticos que, además de ser implementados en su territorio, fueron sugeridos para los países de tercer mundo, pues no hay duda de que favorecen una educación centrada en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM,por sus siglas en inglés). A pesar de esto, con dicha estrategia pedagógica, la ética, la religión, la filosofía, la geografía, la historia, la actividad física y el deporte brillan por su ausencia.


Finalmente, a partir de los años noventa, los dispositivos electrónicos y todo su arsenal informático hacen presencia en un escenario inédito en la historia de la humanidad. Aquí nacen los “nativos digitales”, niños y jóvenes cuya actividad mental es mucho más dinámica, debido a que sus condiciones de vida son muy diferentes a las del pasado, y porque sus expectativas, deseos y necesidades en el seno del hogar y en la escuela exigen un tratamiento especial que los aleje de las máquinas, la soledad y el sedentarismo.


El joven maestro, en consecuencia, debe ejercer un papel protagónico en la escuela y en el aula de clase, porque estos lugares deben garantizar las condiciones ideales para aprendizajes posmodernos, significativos y humanos. La misión de este maestro implica dar amor incondicional a sus estudiantes, estar dotado de paciencia y tolerancia para enfrentar las situaciones difíciles que se respiran en el aula, aplicar estrategias didácticas innovadoras y de avanzada, y ser amigable con los avances científicos y tecnológicos. ¡Esta es la escuela ideal que estamos anhelando!

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